Había oído hablar de las Spartan Races, esas carreras únicas donde, además de correr distancias de 5, 10 y hasta 20 kilómetros, enfrentabas desafiantes obstáculos. Pensaba que eran una locura, solo para fanáticos del fitness y competencias de alto nivel.
El año pasado, mientras visitaba a mis amigos en Rumania, descubrí que uno de ellos, Marius, se estaba preparando para una Spartan Race con la ayuda de un coach. Sin pensarlo, le dije: “Voy contigo”. La competencia era en unos meses y yo estaba decidido a participar con él.
Aunque no pude asistir en esa ocasión, no me quedé con las ganas. Tengo un grupo de amigos, nuestra “tribu”, personas extraordinarias que se desempeñan en diferentes áreas, pero todos somos empresarios con el objetivo común de agregar valor a las personas. Nos reunimos al menos dos veces al año en diferentes ciudades del mundo para compartir experiencias, pasar tiempo juntos y brindarnos mentoring.
La excusa perfecta para nuestra primera reunión de 2024 fue la Spartan Race. Me preparé intensamente, entrenando duro en el gimnasio y corriendo distancias de 5 y 10 kilómetros, incluso durante una escala en Ámsterdam.
Nos encontrábamos en la República Checa, en la ciudad donde vive mi amiga Luzia Klapakova. Solo escribir sobre esto me hace revivir la emoción de competir en un país extranjero, donde imaginaba que todos eran más altos, más fuertes y más resistentes que yo. Llegué a Brno en tren desde Praga; mi gran amiga Luzia me recibió con una gran sonrisa y un abrazo lleno de cariño. Sentí su felicidad al recibirme, y estoy seguro de que ella sintió la mía.
Otros amigos llegaron desde Canadá, Italia y Rumania. Pasamos dos días antes de la competencia compartiendo largas pláticas, bailando en un pub donde éramos los únicos, probando comida local, haciendo un picnic en el bosque bajo la luz de la luna, con una fogata y muchas historias que contar.
El día de la competencia llegó. Estaba tranquilo pero nervioso. Estaba seguro de que, al menos, terminaría la carrera de 10 kilómetros (pudiendo haber elegido la de 5). Los competidores parecían profesionales, con su equipo de competición y su imponente físico. Yo, sabiendo que la competencia era conmigo mismo, me mantuve tranquilo, enfocándome en disfrutar el día y llegar a la meta junto a mi amigo, sin importar si él tenía que arrastrarme o yo a él.
Nos agruparon frente a la salida, un coach nos dio las instrucciones para calentar y, de repente, un fuerte sonido anunció el inicio. Sentí que el corazón se me salía del pecho por la emoción, los nervios, la ansiedad y hasta el miedo. Empezamos con la primera prueba: una montaña en zigzag con lodo, subiendo y bajando unos 500 metros. Como mi personalidad es intensa, disfruto este tipo de retos.
Pasé por 25 pruebas, superando la mayoría, lo que fue una sorpresa, ya que nunca había participado en una competencia de este tipo y no sabía qué esperar. Al llegar al lugar de la carrera, dimos un recorrido para ver las pruebas, y una de ellas llamó mi atención: subir una cuerda de unos 20 metros de altura usando solo las manos y las piernas. Nunca había practicado esa técnica.
Sentí que iba a enfrentar algo para lo que no estaba preparado, pero estaba tan motivado que solo pensaba en no fallar. Al agotamiento de los 22 obstáculos anteriores se sumó la falta de técnica, corriendo en la lluvia y el lodo. Mis piernas temblaban, pero seguí adelante. Observé la técnica de los demás y empecé a escalar la cuerda. No fue fácil al principio, pero poco a poco entendí cómo hacerlo hasta llegar a la cima y tocar la campana.
No sé si alguna vez te has sentido así, sin las herramientas o conocimientos para emprender algo, pensando a mitad de camino que no lo lograrás. Pero conforme avanzas, te das cuenta de que eres capaz de llegar a la meta.
Esta carrera me enseñó a romper creencias limitantes, a probarme físicamente con personas de todo el mundo, a valorar mi cuerpo sano y lleno de energía, y a vencer a la mente cuando te pide parar. Sobre todo, disfruté la travesía. Si algo puedo dejar de esta experiencia, es que al final el esfuerzo vale la pena y la recompensa es estar presente en cada momento del recorrido.
Gracias por leerme una vez más.